El final de la pilocatábasis

Publicado en la Revista Nova et Vetera

Afronto estas líneas consciente de la posibilidad de que sean interpretadas como un simple obituario, o como una necrológica emitida de forma extemporánea, por la incapacidad de anticipar la muerte de un gran escritor, tal y como se lo había propuesto Pereira, vetusto director de la página cultural del vespertino Lisboa, en la novela del gran Antonio Tabucchi[1]. Sin embargo, la necesidad de manifestarme ante la reciente partida de Umberto Eco, cuya obra ha dejado una profunda huella en mi manera de relacionarme con el mundo y con los libros, hace que valga la pena correr el riesgo.

Mucho se ha dicho en las últimas semanas sobre Umberto Eco, consumado ensayista y novel narrador, cuyo fallecimiento, más allá de los panegíricos prodigados por doquier, significó para un puñado de lectores, que conforman una especie de resistencia frente a la industria editorial y en general ante la cultura popular de nuestros días, la desaparición de uno de los últimos bastiones de un universo que irremediablemente ha dejado de existir. Duro revés para quienes aún nos aferramos a un orden de las cosas virtualmente extinto, en el que parecía más sencillo establecer premisas y atesorar certezas que facilitaran el camino. Un mundo en el que se premiaba el conocimiento y el talento y en el que se sobresalía por razones más plausibles y del que los sobrevivientes cada vez más escasos y marginados vienen a hacer las veces de partisanos de la cultura.

Polémicas frases como “Hoy no salir en televisión es un signo de elegancia” o  “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad”,[2] dan cuenta del malestar que generaba en el célebre piamontés, el nuevo orden que rige los medios de comunicación y la cultura de masas, males que parecía conjurar con una “complicidad silenciosa con el lector sofisticado”[3], mediante la que llevaba a cabo un sutil y encantador ejercicio de selección del más apto, que a su vez permitía una legítima comunicación con aquellos pocos elegidos que sabían interpretar el mensaje en la botella, lanzado al mar con cada una de sus obras literarias, a cuyo reducto se limita este texto.

Esa práctica, considerada por muchos como un “tic aristocrático”[4] o una conducta excluyente, era concebida por el autor como una “muestra de respeto por la inteligencia y la buena voluntad del lector”[5] y nunca fue un impedimento para la apropiación de sus novelas, sino que por el contrario –por lo menos en el caso de quien escribe- fue siempre un aliciente, constituido por el reto de encontrar el botín oculto tras ese rastro de migajas formado por la doble codificación, uno de los rasgos predominantes en su obra literaria, cargada de símbolos y analogías en las que constantemente hacía referencia directa a otras obras reconocidas, a la espera de que el mensaje fuera decodificado por el lector. Tal y como lo explica Guillermo de Baskerville a su fiel discípulo Adso en El nombre de la rosa:

“Hasta entonces había creído que todo libro hablaba de las cosas, humanas o divinas, que están fuera de los libros. De pronto comprendí que a menudo los libros hablan de libros, o sea que es casi como si hablasen entre sí”[6]

Esta tendencia no constituyó jamás una camisa de fuerza o una imposición a los interlocutores de sus novelas, ya que la deontología literaria de Eco lo conminaba a no descalificar ninguna posible lectura, por descabellada que resultara, pero tampoco a alentarla, siendo así consecuente con su visión de la obra literaria, a la que definía como un  artefacto concebido para suscitar interpretaciones, reservando siempre para el lector la libertad de utilizar una determinada historia, como un “vehículo de sus propias pasiones”[7] camino que discurre por igual en dos direcciones, entre los que esperan que el texto se ajuste a la realidad y entre los más avezados que intentan que la realidad se ajuste a la ficción.

Todo esto no dejó de ser un divertimento para Eco, un inofensivo juego de intelectuales, como uno de los tantos en los que participan Belbo, Casaubon y Diotallevi, protagonistas de El péndulo de Foucault[8], quienes frustrados por la estéril e interminable tarea de revisar desafortunados manuscritos en la editorial Garamond, crean toda una tipología del conocimiento vacuo, con departamentos como el de Tripodología felina (el arte de buscarle tres pies al gato), que a su vez agrupa la enseñanza de técnicas inútiles como la Pilocatábasis (el arte de salvarse por los pelos); la Eolofonía (el arte de dar voces al viento); o la Avunculación mecánica (que enseña cómo construir máquinas para saludar a la tía) [9], todas ellas tan carentes de sentido en apariencia, que solo podrían resultar hilarantes para un grupo tan selecto.

Receta para el desastre o una aventura inolvidable

Sin embargo, no todos los intentos por establecer una sinarquía del conocimiento en la realidad, resultan tan inocentes e inocuos como el anteriormente citado y en muchas ocasiones tienden a parecerse más al “plan” urdido por los personajes de El péndulo de Foucault, en el que una invención ideada como una diversión intelectual terminó por convertirse en una pesadilla en la que los límites de la ficción y la realidad se hicieron imposibles de establecer incluso para sus propios autores, que se vieron a merced de extremistas luciferinos para quienes el juego fue siempre la única verdad. En tragedia terminó también la manipulación del conocimiento y el pueril intento de mantener a raya las pasiones humanas en la abadía de El nombre de la rosa.

Estos dos ejemplos, aunque apocalípticos, resultan válidos para ilustrar los posibles resultados de afrontar la lectura de la obra de Eco, sin un mínimo bagaje –no un saber enciclopédico, sino más bien un conocimiento empírico del mundo-  que permita disfrutarla y apropiarla y en todo caso sin la disposición de aceptar el reto de vivir una aventura literaria de alto riesgo, en la que las digresiones están a la orden del día y pueden conducir al lector a cruzar las fronteras de sofisticadas alusiones y oscuras referencias, impensadas para el hombre común.

 

Y es en ese constante diálogo entre los libros, los personajes que exceden la dimensión de la ficción y los acontecimientos históricos, así como en la esperanza de que una lectura juiciosa sea recompensada con un hallazgo siempre íntimo y silencioso, pero de valor incalculable, donde radica buena parte del legado de Umberto Eco, sin el que hoy, muchos –como yo– se sienten indefensos y abrumados ante la sobrexposición mediática y la indiscriminada democratización de la posibilidad de expresión, que lejos de constituir un avance para las sociedades, parece representar un penoso retroceso, ocasionado por el cotidiano despilfarro de este privilegio.

Número cero: la última botella al mar

El pasado diciembre transcurrió para mí entre los habituales preparativos para las fiestas, las prisas y los obsequios, pero también en medio de la lectura febril de varios títulos acumulados durante el semestre, entre los cuales se encontraba Número cero[10],  última novela de Umberto Eco, que en palabras Roberto Saviano[11], constituye “el manual de comunicación de nuestro tiempo”, que sirve para constatar la pérdida de legitimidad y credibilidad de los grandes medios.

La obra nos presenta un proyecto pseudo periodístico llamado Domani, que pretende adelantarse a los acontecimientos a golpe de suposiciones, rumores y sobre todo mucha desfachatez. El periódico de mañana nunca verá la luz, pero servirá al commendatore que financia su producción para chantajear a políticos y demás personalidades y también constituirá una segunda oportunidad para la pobre nómina de redactores fracasados, reclutados por Simei -el director- y puesto bajo las órdenes de Colonna -el protagonista- que oficiará como redactor jefe y cuya vida no ha sido precisamente un cúmulo de éxitos.

 Como una última provocación, Eco parece burlarse de las teorías de conspiración, arrojando a través de Braggadocio, uno de los redactores de Domani, la idea de que Benito Mussolini no murió en los hechos plenamente documentados de 1945, sino que desde la clandestinidad orquestó durante décadas un plan secreto para reconquistar el poder en Italia, que ante su verdadera muerte fue retomado por otras figuras políticas aún vigentes. La historia que a todas luces era fruto del desvarío de un fanático, pareció tropezar con algún hecho real y despertar la atención de fuerzas oscuras, cuya intervención tendrá consecuencias fatales.

La lectura de esta la novela deja un agradable sabor de boca, pero también muchas reflexiones y si se quiere preocupaciones por el estado de nuestras naciones, resumido lapidariamente con las palabras de Colonna a su querida Maia:

Nada de claroscuros en barroco, cosas de Contrareforma; los tráficos afloran en plain air, como si lo pintaran los impresionistas: corrupción autorizada, el mafioso oficialmente en el Parlamento, el defraudador fiscal al gobierno, y en la cárcel solo los ladrones de pollos albaneses. Las personas decentes seguirán votando a los truhanes  porque no darán crédito a la BBC, o no verán programas como el de esta noche, porque estarán enganchados a la telebasura, quizá acaben enprime time las teletiendas Vimercate (…) Basta esperar: cuando se convierta definitivamente en Tercer Mundo, nuestro país será plenamente vivible.[12]

 


[1] Hace referencia a la novela Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi, publicada en 1994.

[2] 10 frases para recordar la mordaz lucidez de Umberto Eco. http://ow.ly/ZsJtH

[3] Eco, U. (2011). Confesiones de un joven novelista. Lumen. P. 39

[4] Eco, U. (2011). Confesiones de un joven novelista. Lumen. P. 39

[5] Eco, U. (2011). Confesiones de un joven novelista. Lumen. P. 39

[6] Eco, U. (2010). El nombre de la rosa. Lumen.

[7] Eco, U. (2011). Confesiones de un joven novelista. Lumen. P. 49

[8] Segunda novela de Umberto eco, publicada en 1988.

[9] Eco, U. (2011). El péndulo de Foucault. DEBOLSI LLO.

[10] Séptima novela de Umberto Eco, publicada en 2015.

[11] Periodista y escritor italiano (1979)

[12] Eco, U. (2011). Número Cero. Lumen. P. 217

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