El bel esprit

Publicado en la Revista Nova et Vetera

Poco más que alguna anacrónica alusión del gran Charles Aznavour queda de la romántica concepción de los escritores bohemios del siglo XX, despreocupados del dinero y los asuntos mundanos y dedicados a las grandes cuestiones de la vida, buscando siempre la exaltación del espíritu, a través de la belleza.

Poco queda también de la necesidad de emprender aquel viaje sagrado a París, para consumar esa suerte de iniciación secreta al mundo de la literatura, malviviendo en una ruinosa habitación de Montparnasse, en la margen izquierda del Sena, en compañía de pintores japoneses de dispar talento y compartiendo los exiguos triunfos de los compañeros de aventura.

Y es que esta visión idealista languideció con el siglo, en parte por la profesionalización de la actividad literaria y el fortalecimiento de la industria editorial en torno a la producción en serie de taquilleros volúmenes, que nunca alcanzarán la posteridad. Pero también por la tendencia desacralizadora de las últimas décadas, que sacudió los cimientos de todos los aspectos de la cultura y en general la sociedad y que desterró para siempre el velo que confería una dimensión sobrehumana a los artistas, mostrándolos como sujetos vulnerables ante necesidades tan poco glamorosas y trascendentales como la de subsistir, que los llevaron a desempeñar toda suerte de labores, que en no pocas ocasiones iban en detrimento de su talento.

Entonces, solo entonces, fue posible conciliar inmortales creaciones literarias con espurias ocupaciones como la burocracia, tal es el caso de Franz Kafka, que a pesar de justificar su labor de oficinista como fuente de dignidad y confianza, dejaba traslucir un dejo de remordimiento, que supo espiar con creces en obras como El proceso o El castillo.

Menos confortables resultó el tránsito por el sector productivo de autores como Jack London, cuyo trabajo como cargador en Canadá, más allá de alguna soberbia demostración de fuerza y superioridad, le dejó huellas indelebles en el cuerpo y el espíritu, traducidas en insoportables dolores que escasamente le permitían sentarse frente a la máquina de escribir, para recrear con maestría, las implicaciones de la fiebre del oro en Norteamérica. Fueron quizás estas dolencias la que aceleraron su muerte por sobredosis –involuntaria o no- de morfina, para aliviar el sufrimiento.

Suerte similar corrió Antoine de Saint-Exupéry, aunque que con significativas diferencias, ya que su profesión principal era la aviación, no la literatura, sin embargo no fue su pasión por los aviones, sino su precaria situación económica la que lo llevó a intentar batir el récord de tiempo de vuelo en la ruta París – Saigón, osadía de la que milagrosamente logró sobrevivir, tras una falla técnica que provocó un aterrizaje forzoso en el Sahara. Sin embargo esta travesía dio origen a la premiada obra Tierra de hombres en 1939 y posteriormente su obra cumbre, El principito, en 1943, solo un año antes de que encontrara la muerte a bordo de su Lockheed P-38, derribado por un caza alemán.

Otros escritores también supieron sacar provecho de sus ocupaciones alternativas, tal es el caso de Ernest Hemingway, conductor de ambulancia de la Cruz Roja en la Primera Guerra Mundial, experiencia que inspiró Muerte en la tarde; y periodista de medios como la revista Cooperative Commonwealth de Chicago y el semanario canadiense Toronto Star, del que fue corresponsal en París durante varios años, lo que le permitió mantener unas finanzas relativamente holgadas, situación que cambió dramáticamente con su decisión de dedicarse a la creación literaria de tiempo completo, tras lo cual se veía constantemente en apuros, incluso para cubrir las necesidades básicas.

Mucho más estimulante resultó el paso Dashiell Hammett, creador del célebre Halcón maltés, por la mítica Agencia de Detectives Pinkerton, que influenció con sobradas evidencias su obra, consagrada en el Olimpo de la novela negra.

Por su parte, solo nominal fue la filiación de Arthur Connan Doyle y William Somerset Maugham con el mundo de la medicina, pues mientras el primero no consiguió ningún paciente para su clínica oftalmológica de Londres, el segundo nunca tuvo la necesidad de ejercer una profesión que únicamente abrazó por exigencia de su tío y tutor, ya que gozaba de una envidiable posición desde la cuna, a lo que se sumó el rápido suceso de su obra, que le valió para ser considerado por muchos años como el escritor mejor pagado del mundo.

Rescatando al comandante Eliot

Probablemente el caso más paradigmático de esta circunstancia, es el narrado en la obra París era una fiesta, relato de la primera incursión francesa de Ernest Hemingway. El episodio fue protagonizado por Thomas Stearns Eliot, adoptado por la posteridad como T.S. Eliot,  considerado como uno de los poetas más notables e influyentes del siglo pasado, quien en 1917, ya con cierto prestigio en la academia y en el mundillo literario londinense, pasó a engrosar las filas de descoloridos empleados del Banco Lloyd’s, cruel destino para quien fuera capaz de escribir los versos más bellos, en ambas orillas del Atlántico.

Sin embargo, Eliot asumió estoicamente su sino, admitiendo con entusiasmo que aquella ocupación no solo le proporcionaba ingresos para una vida digna, sino que también le permitía dedicar algunas horas a la escritura, pero su corazón sufría y eso solo podía ser visible para otro gran poeta, Erza Pound, el mejor amigo que podía tener un artista en apuros, quien preocupado porque el horario del norteamericano no le permitiría un rendimiento adecuado, inició una fundación en pro de su emancipación a la que llamó Bel Esprit y presidió en compañía de una millonaria estadounidense reconocida por su vocación protectora de las artes.

Puesto en la labor, Ezra Pound captó la atención de Ernest Hemingway, más aventurero que filántropo, que sin embargo asumió gustoso la causa, que material publicitario en mano  compartió con decenas de adinerados benefactores, que supieron comprender su obligación con la historia.

Durante semanas, Hemingway desplegó toda su energía en lograr su objetivo, ver a Eliot recuperar su libertad. Incluso llegó a acuñar para el poeta natural de San Luis, Misuri, el apelativo de comandante Eliot, mientras que con un ímpetu inusitado increpaba a quienes cuestionaban la fundación, culpándolos de carecer irremediablemente del Bel Esprit.

A pesar de las buenas intenciones y el empeño de Pound y Hemingway, T.S. Eliot dejó el banco por sus propios medios, ya que felizmente fue publicado Tierra baldía, el poemario que sería considerado su obra más significativa. El impulso final para la carrera del poeta, vino por cuenta  del auspicio de Lady Rothermere, que permitió al Comandante Eliot convertirse en editor de la magnífica revista The Criterion, con toda seguridad una labor más adecuada para un alma sensible.

Los fondos recaudados, que habían caído en manos de Hemingway, fueron a parar a las arcas del Hipódromo de Enghien-Soisy, en el que para la época, más que la nobleza de los caballos o la pericia de los jinetes, contaba la destreza de los entrenadores para estimular a sus ejemplares. Esto no pasó de ser un hecho anecdótico, ya que el final feliz no daba pie a historias secundarias, después de todo había triunfado el Bel Esprit.

(…)
Porque yo sé que el tiempo es siempre tiempo
Y que el espacio es siempre solo espacio
Y que es actual lo actual solo en un tiempo
Y solo en un espacio
Me alegra que las cosas sean tal como son y
Renuncio al rostro bienaventurado
Y renuncio a la voz
Porque no he de esperar ya retornar jamás
Me alegro en consecuencia, al tener que construir algo
De qué alegrarme.
(Extracto de Miércoles de ceniza de T.S. Eliot)

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