Dos más dos son cinco

“La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro”

En 1984 Svetlana Savítskaya se convirtió en la primera mujer en caminar en el espacio, Indira Gandhi fue asesinada por su propio guardaespaldas y el mundo entero conoció la gravedad de la hambruna en Etiopia. el checo Jaroslav Seifert recibió el premio nobel de literatura y Amadeus fue considerada por la Academia como la mejor película del año, mientras que las salas de cine de todo el mundo se llenaban para ver por primera vez a Indiana Jones, Los cazafantasmas, Pesadilla en Elm Street, o Terminator. el ritmo de los zombis de Michel Jackson se convirtió en el paso de baile más famoso en el planeta y la radio repetía hasta el cansancio canciones como Radio ga ga de Queen, I just called to say i love you de Stevie Wonder y Forever young de Alphaville. Estados Unidos organizó unos enrarecidos Juegos Olímpicos y Michel Paltini ganó el balón de oro.

Sin embargo, en el 1984 ‘orweliano’, el mundo era bastante diferente: la guerra era la paz, la libertad era la esclavitud y la ignorancia era la fuerza; la división geopolítica del globo se reducía a solo tres grandes naciones y la más importante de ellas: Oceanía, se había aliado con Eurasia para vencer a Asia Oriental, o… ¿Estaba en guerra contra Eurasia y contaba con el apoyo de Asia Oriental? En fin, no era fácil saberlo.

Los ministerios de la paz, de la justicia y del amor, se encargaban de todo, la  historia, los recuerdos y la verdad. Las manifestaciones culturales y el desarrollo científico se fabricaban o modificaban, según las necesidades de turno, las libertades individuales eran una quimera y no había espacio para la razón. dos más dos eran cinco, y lo más importante, el gran hermano siempre estaba vigilando y conocía hasta los más efímeros pensamientos.

“el que controla el pasado, controla también el futuro. el que controla el presente, controla el pasado”

Y allí en ese año apocalíptico encontramos la historia de Winston Smith, miembro del Partido exterior de Oceanía, lleno de dudas, recuerdos fraccionados y resentimientos, que debe lidiar con fantasmales imágenes de su madre y su hermana y que sin saber muy bien por qué, no puede reprimir su odio y rebeldía hacia el sistema, lo que lo motiva a mantener una relación, que no podría considerarse menos que inapropiada, con Julia, una joven integrante del Partido interior, con quien se aventura en una breve militancia en la “resistencia”, antes de ser capturados por la policía del pensamiento y de ser sometidos a un interminable interrogatorio que más que la búsqueda de la verdad, tenía el propósito del sometimiento absoluto y la sumisión de su voluntad y su espíritu, hasta conseguir que sus sentimientos hacia el gran hermano no tuviera lugar más que para el amor y la admiración.

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