Guillermo de Baskerville y el dolor del deber cumplido

 “Huye, Adso, de los profetas y de los que están dispuestos a morir por la verdad, porque suelen provocar también la muerte de muchos otros, a menudo antes que la propia, y a veces en lugar de la propia”.

Demasiadas batallas libradas, sin importar el resultado obtenido, dejaron su huella indeleble en el carácter de Fray Guillermo de Baskerville, protagonista de la recordada novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa, publicada en 1980. Y esta es sin duda la sensación que predomina en el lector después de acompañar el desenlace de la historia y conocer su posición frente a las cuestiones cotidianas y trascendentales que se plantean durante el recorrido de este monje franciscano inglés, del Siglo XIV, descrito por su fiel asistente, el novicio Adso de Melk, como un hombre “capaz de atraer la atención del observador menos curioso” debido a su estatura superior al promedio, su mirada aguda y penetrante, nariz afilada y un poco aguileña, que junto a su barbilla, resaltaban en un rostro alargado; y en el que el lector puede encontrar a un personaje austero de bienes materiales, pero susceptible de caer en el orgullo y la autosuficiencia, debido a sus conocimientos y agudos instintos.

Guillermo hace su aparición en escena al llegar a una abadía benedictina italiana, templo del conocimiento occidental, en donde le había sido encomendada la difícil misión de organizar una reunión entre los delegados del Papa Juan XXII y el Emperador Ludovico, en bandos irreconciliablemente antagónicos.

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