La búsqueda

Aquel día  comprendí que debía ir en busca de mis sueños, quise acudir a la magia, pero ni en Kansas ni en Oz, tuve noticias de Dorothy ni de su amigo hechicero. Tampoco encontré al gran Sam Spade, que al parecer se había marchado de San Francisco, así que decidí continuar con mi búsqueda, pero ya se había hecho demasiado tarde y tuve que pasar la noche en el Motel Bates.

Al día siguiente, al Llegar a Nueva York, un taxista llamado Travis me llevó a conocer la ciudad, todos hablaban de la gran pelea de Jake LaMotta, pero yo estaba mucho más interesado en una exuberante rubia a la que se le levantaba el vestido  en Lexington Avenue y en una frívola mujer  que había decidido desayunar frente a una vitrina de Tiffany’s. Tampoco tuve éxito en esta ciudad, entonces quise probar suerte en Europa.

En el avión a Londres conocí a una mujer llamada Cecilia que me convenció de acompañarla a El Cairo en busca de algo llamado La rosa púrpura. Cuando retomé mi camino  y finalmente me encontré en suelo británico, me dirigí sin pérdida de tiempo al London Palladium, allí vería a un hombre  que podía ayudarme ¡Vaya decepción me llevé al descubrir que el acto del Señor Memoria  era una farsa! No conocía nada acerca de mi búsqueda, tampoco sobre los 39 Escalones, ni mucho menos la edad de Mae West.

Decepcionado, tomé el tren a Edimburgo, solo para comprobar que ya no se servía leche  plus en el Korova bar. Sufrí una nueva derrota al llegar a París, cuando supe que Michel Poiccard se había regenerado y que 401 golpes habían hecho que el joven Antoine Doinel se convirtiera en un oficinista más. Igual suerte corrí en Roma, dónde Antonio Ricci había dejado su bicicleta para conducir  un potente Ferrari . En Creta palidecí al encontrarme con un Alexis Zorba que se rehusaba a bailar. En Lund, Suecia, el humo y la contaminación habían remplazado el olor de las fresas salvajes. Fue estremecedor saber que Tomania había desaparecido del mapa y que nadie recordaba al dictador Adenoid Hynkel. Todo  había sido inútil, tuve que darme por vencido y aceptar mi fracaso.

Cansado y desconsolado emprendí el camino de regreso, pero en medio de la noche, las luces de neón de un viejo teatro llamaron mi atención, se proyectaba It’s a Wonderful Life y al ver a George retornar a casa  en noche buena, supe que finalmente había encontrado la respuesta que tanto anhelaba.

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